Boleto de café

Lic. Manrique Cubero Murillo

Los boletos de café son fragmentos de una historia que cuenta el surgimiento económico de los pueblos, se han utilizado en varios países de América, como Costa Rica, Guatemala, Honduras, Cuba, El Salvador, México, Colombia, entre otros. Son conocidos genéricamente como “fichas” o “Token’ s”. Su origen más probable es que debido a la escasez de monedas, los cafetaleros implementaron un sistema de pago por medio de estos boletos. Fue una especie de moneda privada con la que se les pagaba a los trabajadores y ellos a su vez los cambiaban los días acordados con los capataces o hacendados y en los comercios del pueblo que así lo tenían acordado.

Estos boletos aparecieron a mediados del siglo XIX aunque se toma como primera referencia de esta práctica o modo de pago a partir de la revolución industrial que  fue un periodo histórico comprendido entre la segunda mitad del siglo XVIII y principios del XIX, en Gran Bretaña y luego se extendió por Europa, se pudo a ver tomado como ejemplo esta práctica por las relaciones comerciales que se enlazaban con el antiguo continente.

El uso de los boletos de café se fue extendiendo por más de 100 años, aunque inclusive hasta el día de hoy se utilizan en menor medida. La palabra propiamente “boletos de café” es referida a nuestro país, donde se le conoce así a las “fichas” o “token” (medio de pago) utilizado para las famosas cogidas o recolección de café. En cada país se les denomina de diferente manera, como es el caso de algunos países de Centroamérica donde se les llama “fichas de finca o hacienda”. Fueron confeccionados en materiales como bronce, cobre, plomo,  baquelita, aluminio, hierro, plástico, cuero, papel, cartón y hasta hueso entre otros.

Los caficultores más acomodados mandaban acuñar boletos personalizados a Europa o Estados Unidos, aunque se podían conseguir en el comercio boletos genéricos o vírgenes (cospeles) o machotes, sobre los cuales se marcaba a voluntad identificadores personales. Otros optaban por fabricarlos ellos mismos en una manera artesanal dándoles un sinfín de formas, muchas veces toscas e irregulares, o simplemente tomando cualquier pieza de metal que encontraban a mano, desde fichas de juego a monedas nacionales o extranjeras.[]

Generalmente, las inscripciones más comunes son las siglas del nombre del propietario, o el nombre de la finca, pero se usaron una gran gama de símbolos y figuras. Es usual también encontrar más de un juego de marcas. Lo más lógico es suponer que las propiedades cultivadas cambiaron de dueño. Desafortunadamente mucho del significado de la simbología es un misterio.

Las perforaciones manuales podrían tener tres razones. La primera para indicar un valor diferente al boleto no perforado. Generalmente las perforaciones son grandes. La segunda para evitar extraviar el o los boletos atándolos con un cordón. Y tercero para un mejor manejo y control por parte de los pagadores al poder insertarlos y organizarlos en algún tipo de dispensador.

En algunos casos, los boletos se convirtieron en un medio de explotación del obrero agrícola, ya que sólo los podían utilizar para adquirir productos en los comisariatos propiedad de los dueños de las mismas fincas donde laboraban, o en aquellos con los que el propietario de la hacienda tenía algún convenio, quedando limitadas las actividades al área de influencia de la hacienda.

De esta manera el emisor de los boletos tenía una doble ganancia: por un lado, no utilizaba el dinero que escaseaba, el cual había conseguido a través de un préstamo y que necesitaba para invertir en bienes de capital para la producción, y también obtenía ganancias por la comercialización de productos en los comisariatos. Así, los boletos representaron una forma de autofinanciamiento. Pero, además, en muchos casos el peón se veía favorecido con estas medidas, ya que de no existir estos comisariatos, tenía que trasladarse una distancia considerable para adquirir ciertos bienes de consumo diario.

El auge económico que se obtuvo en el valle central gracias al cultivo de café fue de gran relevancia en el desarrollo de distintas zonas, entre ellas destacamos al cantón de Flores y su distrito San Joaquín y tierras aledañas, siendo muy pequeños el aporte a la caficultura fue muy importante ya que gracias a esto la zona obtuvo un beneficio monetario y por donaciones de tierras para obras públicas.

Desde grandes productores, hasta los minoritarios trabajaron con esmero esas ricas tierras para sacar lo que en algún momento fue nuestro grano de oro.

Queriendo destacar en el cantón de Flores algunos productores que se recuerdan con respeto por sus aportes a la comunidad y esfuerzo en su trabajo podemos mencionar algunos nombres como: Rafael Ugalde, Ramón Barrantes, María Arguedas, Maximiliano Gurdián, Lorenzo Barrantes, Cruz Campos, Joaquín Ulate, María Herrera, Héctor Rojas, Francisco Salazar, Lisimaco Rodríguez Rivera, Gonzalo Víquez Chaverri, Leovigildo Barrantes, Ester Víquez, Antolina Ramírez, Belisario Arguedas, Oscar Campos, Cerlino Barrantes, Gonzalo Salazar, Maximiliano Arguedas y familias como los Sánchez Cortes, Barrantes Madrigal, Miranda Ramírez, Sánchez Lepiz, entre otros.

Con la floreciente industria del café nuestros pueblos fueron creciendo y la economía mejorando de forma rápida, es importante  nombrar a los que fueron algunos de los pilares de este desarrollo y posibles inspiradores del negocio para nuestros vecinos florenses y todos los demás, el gobernador Tomas de Costa (1808) que con visión y escrupulosidad trajo las primeras semillas (Caffea Arabica Typica), al primer sembrador de café Padre Félix Velarde, Jefes de Estado don Juan Mora Fernández y don Braulio Carrillo, Mariano Montealegre como gran impulsador del producto y muchos más que colaboraron desde el cultivo, recolección y exportación de esta semilla bendita que ayudó a construir lo que tenemos y vamos a heredar gracias a todos ellos.

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